• Liria.

¿Hacés las posturas con la mente o con el corazón?


-“Esto es mente.”

-“Acá hay mente.”

Seguía la profe recorriendo el salón corrigiendo nuestras posturas. Ahí donde un brazo iba más allá de lo indicado, donde un cuello se veía exigido, donde había ceño fruncido…eso era mente. Eso significaba que en lugar de vivir las posturas, de sentirlas, estábamos armándolas desde la mente y no desde el corazón. ¡Qué enseñanza tan valiosa!

Eran esas épocas de aspirantes a yoguines…Bueno, a decir verdad, siempre somos aspirantes a yoguines, toda la vida... Volviendo entonces a la anécdota, era una época donde, aunque sabíamos de memoria que no hay posturas ni bien ni mal hechas, todavía se nos escapaba esta manía de querer imitar la postura del profesor en lugar de dejar que la postura se armara en nuestro cuerpo. Con el auto-impuesto peso de tener que hacer las cosas bien, nos olvidábamos de sentir. ¡Nos olvidábamos de lo más importante! Pero había alguien que confabulaba en nuestra contra para hacer todo más difícil y menos fluído. Sí, como ya se imaginan ustedes, ella hacía lo imposible por sacarnos de ese lugar; nos llevaba al pasado y a veces al futuro, impidiendo que disfrutáramos de ese presente tan valioso que era nuestra práctica. La mente.

-“Eso es mente.”

Y sí, en tanto la mente tome el poder, el corazón quedará de lado. Y en yoga, si bien trabajamos con el cuerpo, queremos ponerle corazón a la práctica. Dejarnos llevar. Y estar ahí presentes para percibir nuestras sensaciones o quizás también emociones.

Ahora, ustedes dirán ¿cómo lograr que la mente le deje lugar al corazón? ¿Cómo detenerla? Duro trabajo tenemos por delante. ¡Pero a no darse por vencidos! Les propongo dos ejercicios. Son breves, para comenzar de a poco a entrenar a esta “señora” a quién más vale tener de amiga!

Como decía Buda: “El daño que un enemigo puede causarle a otro, o el que pueden hacerse dos personas que se odian es muy grande, pero es pequeño comparado con el daño que puedes hacerte a ti mismo si tu mente está mal direccionada.”

Ejercicio 1:

Nos sentamos cómodamente, en el suelo o en una silla. Con la espalda recta, sin tensión, cabeza en línea con la columna vertebral; cómodos. Cerramos los ojos y observamos nuestra respiración, sin modificarla. Para sentir nuestra respiración podemos observar el movimiento suave que se produce en el abdomen por estar respirando. Si allí no llegamos a sentir nada, podemos intentar sentir el ir y venir del aire en las narinas (fosas nasales) en cada inhalación y exhalación. Toda la atención en nuestra respiración; así durante tres minutos sin hacer ningún movimiento con el cuerpo. Y volvemos a abrir los ojos.

Ejercicio 2:

Nos sentamos en una posición cómoda con la espalda erguida. Cabeza en línea con la columna vertebral. Llevamos la atención a la respiración, sin producir ningún cambio en su ritmo (Esto nos llevará varias veces de práctica hasta lograrlo. Nuestra tendencia es a dominar lo que observamos. Tomemos esa dificultad con aceptación.) Observemos cuando inhalamos y luego cuando exhalamos y cuando está terminando la exhalación contemos en silencio “1”. En la próxima exhalación contemos “2” y así hasta llegar a 21. Repitamos todo el proceso 3 veces. Cada vez que identifiquemos que la mente se distrajo, volvamos a empezar desde 1.


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