Atarse los cordones


“No se quejen que cuando sean viejitas no van a necesitar que nadie les ate los cordones.”

Esa frase quedó grabada en mi memoria para siempre. Tenía 25 años y asistía a una de mis primeras clases de yoga.

Durante la práctica, siempre hay ejercicios que nos cuestan más y se nos escapa un leve quejido o nuestro rostro, que nos impide disimular, se frunce como si la fuerza hubiera que hacerla con los músculos de la cara. Mi profesora de yoga, atenta a todo, detectó el disgusto y el esfuerzo y, con esa frase mágica, marcó un rumbo en mi camino. Definitivamente yo no quería llegar a ser “viejita” y no poder atarme los cordones. La práctica constante de yoga me llevaría a ello.

Con el tiempo descubrí que no se trataba de no quejarse, literalmente hablando. Había todo un mundo detrás. Por ejemplo, me hablaban de ir encontrando la comodidad en la postura. ¿Cómo? ¡Si había posturas donde no veía la hora de desarmar! Mi cuerpo se ponía tenso, mi rostro se fruncía, se tensaban mis hombros, mis manos y hasta se me cortaba la respiración. ¿De qué comodidad me hablaba la profesora?

A mis oídos llegó la palabra mágica que solucionaría todos mis malestares: la respiración. Comencé a experimentar y descubrí que con cada exhalación consciente, larga, profunda, el cuerpo y la mente se relajaban. No se trataba de no quejarse, de esforzarse, de esperar a que la postura pasara rápido. Se trataba de respirar. ¡Aleluya! Aprendiendo a respirar, ¡podría atarme los cordones!

Pero había algo más, mucho más importante: atreverme a llevar la mirada hacia mi interior, y registrar mis propias sensaciones de incomodidad que no siempre tienen que ver con lo físico. Esa incomodidad conmigo misma, con mis pensamientos, con mis emociones...

Ese análisis enriquecedor sólo se logra a través de la inmovilidad y del silencio.

Constancia, determinación, paciencia, comodidad.

Empecemos ahora. Nunca es tarde en el Yoga.


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