El águila

Y todos los días lo veía en el mismo lugar. Se posaba frente a la ventana y empezaba a golpear el vidrio espejado con su pico, sin cesar. Parecía estar fastidiado, e insistía y volvía a insistir.

Caminaba aceleradamente de un lado a otro, mirando hacia ese espejo. Estaba enojado, aunque suene raro poder identificar ese sentimiento en un pájaro. Si bien, no se veían signos visibles en su rostro, toda su actitud corporal indicaba fastidio. Y golpeaba con su pico otra vez el vidrio, emitiendo algunos sonidos agudos, entrecortados. Ese bello zorzal, no sabía que peleaba contra sí mismo. Era tan hermoso, tan libre de poder disfrutar lo fresco del aire, de volar cerca del cielo, de acercarse al sol y sentir su suave calor. Pero, sin embargo, prefería todos los días volver a ese mismo lugar y emprender esa lucha sin sentido, contra un fantasma que solo él imaginaba.

Pobrecito, no se da cuenta- pensé….. Y luego, me sentí identificada.

Recordé situaciones en las que insistí en pegarme la cabeza contra la pared cuando en realidad no estaba viendo las cosas como eran.  Solo me peleaba conmigo misma perdiendo tiempo y energía. Luchando contra fantasmas que jamás existieron, más que en mi cabeza. Ciega; viendo lo que no existe.

¿Puedo ver las trampas que me tiendo a mi mismo? ¿Puedo ver claramente cuál es mi lucha? ¿Puedo ampliar mi visión y mi entendimiento de la realidad? Estas son preguntas que podemos hacernos mientras realizamos la postura del águila. Históricamente, las águilas simbolizan la vista aguda y el triunfo del Espíritu sobre el intelecto. Pueden reconocer lo que ven desde lejos y saben a ciencia cierta hacia dónde se dirigen.

Al realizar este asana o postura, focalizándonos en nuestra auto observación, intentaremos agudizar nuestra vista como el águila para llevar esa mirada hacia adentro, traspasar la apariencia de la cosas y, lo que es mejor aún, vernos como realmente somos.

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