• Liria

Caminata para agradecer


La mañana invitaba a salir a caminar. El cielo límpido, el sol en su esplendor. La naturaleza toda se sentía apacible y se brindaba sin reticencias a que la disfrutáramos.

Me dispuse a caminar conscientemente, es decir, atenta a todo lo que había a mi alrededor y a lo que ello provocaba en mi. Atenta a no dejar que la mente se fuera al pasado o al futuro impidiéndome disfrutar de la belleza de la mañana. Dispuesta a estar presente, en el momento. Sentí la gloria de estar caminando, de que mis pies y mis piernas me llevaran a donde yo quería. Tomé consciencia de todo el trabajo que mi cuerpo estaba haciendo para que yo pudiera disfrutar del paisaje. Mi corazón bombeando sangre, mi respiración llevando oxígeno. Mis músculos trabajando sin cesar, moviendo mis huesos, haciendo flexionar las articulaciones. Mi piel protegiéndome y a la vez permitiéndose sentir la ternura del sol y la caricia del aire. Mis ojos me traían imágenes impagables del color rojizo de las hojas de los árboles, de los pájaros cruzando el cielo, de mi sombra sobre el camino. Mis oídos se percataban del cantar de los teros, del susurrar del viento y hasta del sonido de mi propia respiración. Todo eso y mucho más estaba sucediendo sin que yo tuviera que hacer nada al respecto. ¡Cuánto para agradecer!- pensé. ¡Cuántas bendiciones!

Al llegar a un caminito más angosto, con árboles altos y esplendorosos, me sentí más pequeña ante esa majestuosidad y a la vez percibí algo especial, difícil de describir. Había un silencio distinto, la naturaleza allí parecía estar mucho más quieta y apacible. Sin movimiento y en paz pero a la vez viva. Era como un asana, una postura de yoga: inmóvil, viva, respirando. Se sentía tanta armonía en ese lugar. Y lo bueno es que al estar atenta y consciente, pude percibirlo y no seguir de largo como a veces hacemos en la vida, que se nos pasa sin darnos cuenta. Yo estaba ahí para sentirlo.

De repente noté que mis brazos ya no acompañaban el ritmo de la caminata sino que se habían alejado de mi cuerpo un poco, a los costados de mis caderas y que mis palmas miraban hacia el frente. Librado de mi mente, mi cuerpo había decidido por mí y estaba tomando la energía que sentía en ese lugar. Qué sabio que es cuando no permitimos que la mente lo guíe.

Al ir alejándome volví a tomar control sobre mis brazos. Otra sensación me sorprendió. Mi cuero cabelludo parecía derretirse; se sentía muy agradable. Toda tensión que pudo haber estado allí, desaparecía gradualmente. Sonreí, agradecí y seguí caminando.

La mente volvió a aparecer y se preguntaba si el hombre de las cavernas no tendría muchas de estas sensaciones. Armonizado con la naturaleza, seguramente no necesitaría hacer un esfuerzo para estar atento a sus percepciones. La mente me hacía pensar también en los animales que no necesitan que nadie les diga que va a haber tormenta y buscan un refugio antes; o en la naturaleza toda que entra en un profundo silencio antes de un terremoto.

En nuestro presente es preciso que trabajemos duro. Que entrenemos nuestra mente diariamente y que la pongamos en su lugar haciéndole entender amorosamente que no tiene por qué ocupar todo el espacio. Y de a poco, al lograr esos pequeños momentos de conexión con nosotros mismos, con nuestra Esencia, tendremos esa oportunidad de agradecer todas las bendiciones diarias.

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