• porLiria

La mente: ¿enemigo invisible?


Los gritos venían de cerca. La voz era ronca, voz de mujer…enojada. Seguí caminando sin saber de dónde venían hasta que advertí que las personas que esperaban el colectivo miraban hacia la vereda de enfrente. Ahí estaba ella. Discutiendo con la pared. Color gris eran sus ropas harapientas. Varias bolsas en el suelo la separaban de la pared como si actuasen a modo de escudo ante su imaginario enemigo amenazante. Le gritaba ofuscada. Insistía, repetía y volvía a empezar. No estaba claro si estaba ganando o no su batalla pero el cansancio ya se dejaba entrever. Su energía, mal gastada, comenzaba a perderse.

Me distraje por un pájaro que voló bajo y mi mirada se dirigió luego hacia las personas que transitaban por la cuadra. Sus rostros, atentos a la mujer, dejaban traslucir algo de espanto mezclado con lástima….No se daban cuenta…No nos damos cuenta que la única diferencia entre esa mujer y nosotros es que ella solo discutía en voz alta. Si nuestros pensamientos tuvieran sonido, ¡ya no podríamos asustarnos de nadie! Estaríamos espantados de nosotros mismos. No existe un solo instante en el que nuestra mente deje de ocuparse en juzgar y criticar. Llevamos esa eterna conversación con un enemigo invisible con el que nos peleamos, amigamos, discutimos. Nos contamos las mismas historias una y otra vez, reviviendo cada tragedia y algunas alegrías. Sí, peleamos a muerte en el silencio, sin saber que en ese descontrol, en ese libre albedrío que le permitimos a nuestra mente, nos desgastamos inútilmente. Matamos nuestra paz; destruimos la armonía con nuestro entorno.

Como decía Sidharta Gautama, el Budha:

“El daño que un enemigo puede causarle a otro, o el que pueden hacerse dos personas que se odian es muy grande, pero es pequeño comparado con el daño que puedes hacerte a ti mismo si tu mente está mal direccionada.”

Comencemos a ubicarnos como testigos de nuestros propios pensamientos. Curiosos de descubrirnos, observemos primero nuestra mente; mirémonos desde afuera por un momento, así como mirábamos a esa mujer en la calle. Percibamos qué nos pasa, cómo nos sentimos al observarnos. Y luego, lenta y amorosamente invitemos a nuestra mente a detenerse. Busquemos algo agradable con que reemplazar esos pensamientos negativos: una imagen, una sensación, un pensamiento de luz. Un mantra quizás. Y repitamos mentalmente una y otra vez esa frase, esa palabra que escogimos para ir armando un nuevo surco, un nuevo hábito, un camino hacia nuestro bienestar.


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